
Primera
de Juan 3:20, 21 nos habla de la condenación en nuestro corazón. Un
corazón que condena, roba la confianza. Todo el que quiera ser un
cristiano victorioso, debe aprender a manejar la condenación. Cuando
peca, él necesita saber cómo sacárselo rápidamente de encima y
seguir adelante, porque nadie es perfecto. Él puede tener un corazón
perfecto, un corazón que genuinamente ama a Dios y busca
complacerlo, pero sigue no siendo perfecto en cada pensamiento,
palabra y obra.
Yo
sé cuán condenador es enseñar a otros lo que es correcto y luego
meter la pata en esa misma área. Cuando hacemos cosas como ésa,
sentimos una doble dosis de condenación, porque el diablo nos dice:
“Tú más que el resto de la gente deberías saberlo bien”. Si le
prestamos oídos, nos hará sentir que no merecemos el amor de Dios.
Debemos
ser capaces de quitarnos de encima los sentimientos de condenación.
Si no podemos hacerlo, no estamos confiando en Dios. Sin confianza,
nuestra fe no puede obrar, y sin fe, no podemos agradar a Dios ni
recibir de Él las cosas que necesitamos para hacer lo que nos ha
llamado a hacer.
Es
por eso que Proverbios 4:23 nos enseña a guardar nuestro corazón
con toda diligencia y nos recuerda que de nuestro corazón fluye la
vida. Dios nos da convicción de que hemos obrado mal; Él no nos
condena. La convicción nos ayuda a arrepentirnos y a ser sacados de
nuestros problemas; la condenación sólo nos empuja hacia abajo y
nos hace sentir mal con nosotros mismos.
Romanos
8:33-34 dice que Dios nos justifica; Él no levanta cargos contra
nosotros. Jesús no nos condena: Él murió por nosotros. Está
sentado a la derecha del Padre, y, en realidad, alega e intercede por
nosotros (vea Romanos 8:34). He aprendido de esta escritura que
cuando me siento condenada, o me estoy haciendo caso a mí misma o al
diablo. Sométase siempre a la convicción de Dios, pero resista la
condenación de Satanás.
—Tomado de
La Biblia de la vida diaria,
de Joyce Meyer