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viernes, 16 de diciembre de 2011

Esperanza



Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca
decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi
porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré. Bueno es Jehová a los
que en él esperan, al alma que le busca.
LAMENTACIONES 3.22– 25


Es duro ver cómo envejecen las cosas. El pueblo en que me crié está envejeciendo
… Algunos de sus edificios tienen remiendos de madera. Algunas de las casas se
están cayendo … El viejo cine donde me citaba con las chicas tiene un letrero en la
marquesina que dice: «Se vende».
Quisiera poder renovarlo todo otra vez. Quisiera poder limpiar el polvo de las
calles… pero no puedo.
Yo no puedo. Pero Dios sí puede. «Él confortará mi alma», escribió el pastor. Él
no reforma; Él restaura. Él no disfraza lo viejo, sino restaura lo nuevo. El Maestro
Constructor sacará el plano original y lo restaurará. Restaurará el vigor. Restaurará
la energía. Restaurará la esperanza. Restaurará el alma.

por Max Lucado

jueves, 15 de diciembre de 2011

Amor




 El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso,
no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda
rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo soporta.
1 CORINTIOS 13.4– 7


La búsqueda más difícil es la de la verdad y el amor.
Esta frase es gramaticalmente correcta. Sé que todos los maestros quisieran
pluralizar esta frase y decir: Las búsquedas más difíciles son la de la verdad y la del
amor. Pero eso no es lo que quiero decir.
El amor es una búsqueda difícil.
La verdad lo es también.
Pero pon las dos juntas, busca la verdad y el amor al mismo tiempo y sujétate
firmemente, pues experimentarás la mayor aventura de tu vida.
Amor en la verdad. Verdad en el amor. Nunca uno a expensas del otro. Nunca
el abrazo del amor sin la antorcha de la verdad. Nunca el calor de la verdad sin la
calidez del amor.
Buscar ambas cosas es nuestra tarea principal.
por Max Lucado

miércoles, 30 de noviembre de 2011

CÓMO VER LO QUE OJO NO VE

CÓMO VER LO QUE OJO NO VE

Estoy de pie a poca distancia de una cama. Nadie se ríe. La habitación tiene aspecto solemne. Una máquina bombea aire hacia un cuerpo cansado. Un monitor mide el ritmo de los latidos de un agotado corazón. La mujer en la cama no es ninguna niña, pero lo fue. Hace décadas. Lo fue. Pero no ahora A sólo días de haber estado en el quirófano, acaban de informarle que debe regresar allí. Su débil mano aprieta la mía. Sus ojos se humedecen de temor.

No ve padre alguno. Pero el Padre la ve a ella. Confía en Él, digo para bien de ambos. Confía en la voz que susurra tu nombre.

Estoy sentado ante una mesa enfrentado a un hombre bueno. Bueno y asustado. Su temor tiene asidero. Las acciones han bajado. La inflación ha subido. No es que haya malgastado ni apostado ni jugado. Ha trabajado intensamente y ha orado con frecuencia, pero ahora tiene temor. Debajo del traje de franela se oculta un tímido corazón.

Revuelve su café y fija en mí su vista con los ojos de Coyote que acaba de darse cuenta que ha corrido hasta más allá del borde del precipicio. Está a punto de caer y caer rápidamente. Es Pedro sobre el agua., que mira la tormenta en lugar del rostro. Es Pedro en medio de las olas, que escucha el viento y no la voz.

Confía lo animo. Pero la palabra cae como una piedra. No está acostumbrado a algo tan extraño. Es un hombre de lógica. Aun cuando el barrilete se remonta por detrás de las nubes sigue sosteniendo la cuerda. Pero ahora la cuerda se ha resbalado. Y el cielo está en silencio.

Estoy de pie a poca distancia de un espejo y veo el rostro de un hombre que fracasó… le falló a su Creador otra vez. Prometí que no lo haría, pero lo hice. Me mantuve callado cuando debí haber sido denodado. Me senté cuando debí haber adoptado una postura.

Si esta fuera la primera vez, sería diferente. Pero no lo es. ¿Cuántas veces puede uno caer y tener la expectativa del rescate?

Confiar. ¿Por qué resulta fácil decírselo a otros y tan difícil recordárselo uno mismo? ¿Sabe Dios qué hace con la muerte? A la mujer le dijo que sí. ¿Sabe qué hace con la deuda? Eso fue lo que le comuniqué al hombre. ¿Puede Dios escuchar otra confesión de estos labios?

El rostro en el espejo pregunta.

Estoy de pie a pocos metros de un hombre condenado a muerte. Judío de nacimiento. Fabricante de carpas de oficio. Apóstol por llamado. Sus días están contados. Tengo curiosidad por saber qué es lo que sostiene a este hombre al aproximarse su ejecución. Así que le hago unas preguntas.

¿Tienes familia, Pablo? Ninguna.

¿Qué tal su salud? Mi cuerpo está golpeado y cansado.

¿Cuáles son tus posesiones? Tengo mis pergaminos. Mi pluma y un manto.

¿Y tu reputación? Pues, no vale mucho .Para algunos soy un hereje, para otros un indómito.

¿Tienes amigos? Sí, pero incluso algunos de ellos se han echado atrás.

¿Tienes galardones? No en la tierra.

Entonces, ¿Qué tienes, Pablo? Sin posesiones. Sin familia. Criticado por algunos. Escarnecido por otros. ¿Qué tienes Pablo? ¿Qué cosa tienes que valga la pena?

Me reclino en silencio y espero. Pablo cierra su puño. Lo mira. Yo lo miro. ¿Qué es lo que sostiene? ¿Qué tiene?

Extiende su mano para que la pueda ver. Al inclinarme hacia delante, abre su puño. Observo su palma. Está vacía.

Tengo mi fe. Es todo lo que tengo. Pero es lo único que necesito. He guardado la fe.

Pablo se reclina contra la pared de su celda y sonríe. Y yo me reclino contra la pared y fijo la vista en el rostro de un hombre que ha aprendido que la vida es más de lo que el ojo percibe.

Pues de eso se trata la fe. La fe es confiar en lo que el ojo no puede ver.

Los ojos ven al león que se acerca. La fe ve el ángel de Daniel.

Los ojos ven tormentas. La fe ve el arcoiris de Noé.

Tus ojos ven tus fallas. Tu fe ve a tu Salvador.

Tus ojos ven tu culpa. Tu fe ve su sangre.

Tus ojos ven tu tumba. Tu fe una ciudad cuyo constructor y creador es Dios.

Tus ojos miran al espejo y ven un pecador, un fracasado, un quebrantador de promesas. Pero por fe miras al espejo y te ves como pródigo elegantemente vestido llevando en tu dedo el anillo de la gracia y en tu rostro el beso de tu Padre.

Pero aguarda un minuto, dice alguien. ¿Cómo sé que esto es cierto? Linda prosa, pero quiero hechos. ¿Cómo sé que estas no son sólo vanas esperanzas?

“El poder de Dios es muy grande para los que creen”, enseña Pablo. “Ese poder es como la acción de su fuerza poderosa, que ejerció en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos” (Efesios 1:19-20)

La próxima vez que te preguntes si Dios te puede perdonar, lee ese versículo. Las mismas manos que clavaron a la cruz están abiertas para ti.

por: Max Lucado

domingo, 27 de noviembre de 2011

La Gracia de Dios Y El Perdón

Donde no existe la gracia de Dios, nace la amargura.
Pero cuando se abraza la gracia de Dios, el perdón florece.

En la que muchos consideran la carta final de Pablo, este insta a Timoteo a que se esfuerce “en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 2.1).

Cuánta percepción hay en esta última exhortación. Pablo no insta a Timoteo a esforzarse en la oración, ni en el estudio bíblico, ni en la benevolencia, vital como cada una de estas cosas pudiera ser.

Quiere que su hijo en la fe se especialice en la gracia. Anhela este territorio. Mora en esta verdad. Si se pierde algo, que no sea la gracia de Dios.

Cuanto más caminemos en el jardín, más se nos pegará el aroma de las flores. Cuanto más nos sumerjamos en la gracia, más daremos gracia. ¿Pudiera ser esta la clave para enfrentar la ira? ¿Pudiera ser que el secreto no es exigir el pago sino meditar en lo que tu Salvador pagó?

¿Rompe tu amigo sus promesas? ¿No hizo honor a sus palabras tu jefe? Lo lamento, pero antes de hacer algo, responde esta pregunta: ¿Cómo reacciona Dios cuando rompes las promesas que le haces?

¿Te han mentido? El engaño duele. Pero antes de que contraigas los puños, piensa: ¿Cómo respondió Dios cuando le mentiste?

¿Te han echado a un lado? ¿Te han olvidado? ¿Te han dejado atrás? El rechazo duele. Pero antes de desquitarte, sé franco contigo mismo. ¿Alguna vez has descuidado a Dios? ¿Has estado siempre atento a su voluntad? Ninguno lo ha estado. ¿Cómo reacciona Él cuando lo descuidas?

La clave para perdonar a otros es dejar de mirar lo que te hicieron y empezar a mirar lo que Dios hizo por ti.

Pero, Max, ¡eso no es justo! Alguien tiene que pagar por lo que este hombre me hizo. Estoy de acuerdo. Alguien debe pagar, y Alguien ya lo ha hecho.

No comprendes, Max, este hombre no merece gracia. No merece misericordia. No es digno de perdón. No digo que lo sea. Pero, ¿lo eres tú?

Además, ¿qué otra alternativa tienes? ¿Odio? La alternativa no es atractiva. Mira lo que ocurre cuando te niegas a perdonar:

“Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que debía” (Mateo 18.34).

Los siervos que no perdonan siempre acaban en prisión. Prisiones de ira, culpa y depresión. Dios no tiene que meternos en la cárcel; creamos una propia. “Hay quienes llegan a la muerte llenos de vigor, felices y tranquilos… Otros, en cambio, viven amargados y mueren sin haber probado la felicidad” (Job 21.23-25, VP).

Ah, el apretón gradual del odio. Su daño empieza como una rajadura en el parabrisas. Gracias a un camión que corría a toda velocidad por una carretera de grava, mi parabrisas sufrió un deterioro.

Con el tiempo la muesca se hizo una rajadura y esta se convirtió en una serpenteante fisura. Pronto, el parabrisas era una telaraña de fragmentos. No podía conducir mi automóvil sin pensar en el tonto que condujo su camión demasiado rápido.

Aun cuando nunca pude verlo, podía describirlo. Sin duda es un vagabundo insensible que le es infiel a la esposa, conduce con una decena de cervezas en su asiento y sube el volumen del televisor tan alto que los vecinos no pueden dormir. Su descuido bloqueó mi visión. (Tampoco hizo gran cosa por mi vista fuera del parabrisas).

¿Has oído alguna vez la expresión “ira ciega”?
Permíteme ser muy claro. El odio te amargará la perspectiva y te romperá la espalda. La amargura es una carga sencillamente demasiado pesada. Las rodillas se doblarán por el esfuerzo y el corazón se romperá bajo el peso.

La montaña que tienes delante es ya bastante empinada sin el peso del odio en la espalda. La alternativa más sabia, la única alternativa, es que deseches la ira. Jamás te llamarán a que des a nadie más gracia de la que Dios ya te ha dado.

Durante la Segunda Guerra Mundial un soldado alemán se lanzó a un cráter de mortero fuera del camino. Allí encontró a un enemigo herido. El soldado caído estaba empapado en sangre y a minutos de la muerte.

Conmovido por la suerte del hombre, el alemán le ofreció agua. Mediante esta pequeña bondad se formó un vínculo. El moribundo señaló el bolsillo de su camisa; el alemán sacó de allí una billetera y de esta unos retratos de familia. Los sostuvo frente al herido para que este pudiera contemplar a sus seres queridos por última vez.

Con las balas silbando por encima de sus cabezas y la guerra rugiendo a su alrededor, estos dos enemigos fueron, por unos momentos, amigos.

¿Qué ocurrió en ese cráter de mortero? ¿Cesó todo el mal? ¿Se arreglaron todas las ofensas? No. Lo que ocurrió fue simplemente esto: Dos enemigos se vieron cada uno como humanos necesitados. Esto es perdón.

El perdón empieza al elevarse por encima de la guerra, al mirar más allá del uniforme y al decidir ver al otro, no como un enemigo y ni siquiera como amigo, sino solo como un compañero de luchas que anhela llegar seguro a casa.

Tomado del libro: En manos de la gracia

Por: Max Lucado

viernes, 25 de noviembre de 2011

La Fe

La fe no es la creencia de que Dios hará lo que uno quiere. La fe es creer que Dios hará lo que es correcto. Haz algo que demuestre tu fe. Porque la fe sin esfuerzo no es fe en lo absoluto. Dios responderá. Nunca ha rechazado un gesto de fe genuino. Nunca.
Biblia Diaria Gracia para el momento,
Max Lucado

Buenos Días

 Hoy mi corazón está lleno de gratitud. Gracias, Señor, porque tus "no" son una protección y tus "sí" son una bendición ...